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2 septiembre 2021
Autor: Ana García Martínez
Duración aproximada de lectura: 5 min

TiempoAsomaba tímidamente el mes de diciembre, sinónimo de “punto y aparte” así como de “punto y coma”, con la esperanza de acabar el 2020 con un buen sabor de boca y de la mejor forma posible.

Días antes, mi mente daba vueltas sobre qué propósitos me quedaban por tachar de la lista; asimismo, las horas pasaban lentamente en la interminable búsqueda por hacer algún plan remoto de última hora.

Era una novata en la profesión: mi cuarto mes en el hospital, el primero en UCI; y todavía me encontraba sin saber muy bien a qué me enfrentaría en ese futuro tan incierto, pero a la vez tan desgarrador.

Mi “yo” interior todavía no tenía asimilada la incorporación a esta unidad tan “dura” pero a la vez tan “esperanzadora”. “Dura”, por la necesidad que te crea, la propia naturaleza de la UCI, de ir acostumbrándote a la coraza de la profesión y, “esperanzadora”, por lo reconfortante que es ver que, después de todo lo que les ha tocado sufrir, los pacientes son capaces de seguir luchando para recuperarse lo más pronto posible.

¿Cómo serán los compañeros? ¿Qué me tocará hacer? ¿Estaré a la altura? Estas son algunas de las preguntas que, inevitablemente, se me pasaban por la mente minutos antes de cruzar la puerta de mi segunda casa, el hospital.

Y, tras una larga espera: ¡Pum! ahí estaba yo, de vuelta, con los mismos nervios que el primer día de prácticas. En un abrir y cerrar de ojos, todo había pasado demasiado rápido: intubaciones, traqueotomías, cardioversiones… en definitiva, muchas cosas en un corto espacio de tiempo.

Sin embargo, lo que yo desconocía era que, un 2 de diciembre de 2020 ocurriría algo que marcaría completamente mi etapa en esta unidad, algo que, como aquel regalo tan deseado, nunca se olvidará.

Varón, 43 años, acude, acompañado de su mujer, a urgencias, procedente de su domicilio por un fuerte dolor abdominal seguido de náuseas, vómitos y cefaleas… el diagnóstico médico: “cuadro de gastroenteritis”.

“Pero, ¿cómo acaba un hombre, relativamente joven, ingresado en la UCI por una simple gastroenteritis?” pensarás. Pues, a pesar de todos los esfuerzos realizados por el personal de Urgencias, su ingreso en cuidados intensivos fue inevitable; es, en ese momento, en el que los familiares ponen en tus manos su tesoro más preciado: la vida de su ser querido y, qué menos, que estar a la altura.

Mi corazón se contraía, aún más, en cada ingreso; mi cerebro, mientras tanto, repasaba sigilosamente todas y cada una de las cosas que debía preparar en cada situación y algo me decía que esta no pintaba nada bien.

Cama 31, todo listo para su ingreso: monitor encendido, medicación cargada, respirador conectado… y, en apenas unos minutos, ahí estaba él, un hombre fornido, rudo y relativamente joven; su prominente barriga no paraba de sufrir fuertes espasmos, los cuales se reflejaban en su rostro en forma de ceño fruncido. Sin tiempo alguno para reaccionar, algo empezó a fallar, todo nuestro trabajo se iba disipando cada vez con más fuerza, como ráfaga de viento.

Entretanto, el personal de enfermería, se mostraba muy atento a todas y cada una de las instrucciones que el médico pautaba, mientras acataban órdenes; pero, en menos de lo que esperábamos, nuestro paciente ya se encontraba sedado, con analgésicos e intubado; como si de un “todo incluido” se tratara.

Las horas pasaban, efímeras, sin dar tregua alguna al reloj. El pronóstico cada vez empeoraba más, “cuesta abajo y sin frenos” murmuraban las enfermeras.

La incertidumbre se apoderaba, paulatinamente, de todos nosotros cuando se trataba de este caso tan peculiar; también para el médico intensivista, pues no paraba de dar vueltas a los síntomas que nuestro paciente padecía.

Pregunta tras pregunta a la familia, vía telefónica, como si de un interrogatorio policial se tratara, en la incesante búsqueda por descubrir más información, más detalles, más datos que, por insignificantes que parecieran, nos ayudaran a revelar “la combinación de nuestra caja fuerte”.

Pero, muy a nuestro pesar, no encontrábamos solución alguna, tan solo explicaciones y justificaciones basadas en los “quizás”, “tal vez”… que llegaron a la indecisa deducción de que, al ser un aguerrido agricultor, el cual se ha pasado más de tres cuartos de su vida en el campo, pudiera haber llegado a ingerir algún tipo de insecticida o abono por error, confundiéndolo con agua.

Por eso, en el momento en el que el médico se acercó a mí, para que extrajera una muestra de secreciones bronquiales del paciente, sospeché enormemente que algo no iba bien, que algo confuso estaba sucediendo. Minutos más tarde, dicha muestra fue enviada a un laboratorio específico.

Los días pasaban, fugaces, sin temer al paso del tiempo. Llamadas continuas de la familia, a la espera de oír una noticia esperanzadora, pruebas diagnósticas a todas horas con el fin de descubrir el porqué de toda esa sintomatología tan singular, en definitiva, un sinfín de preguntas para tan pocas respuestas.

Porque, de un modo u otro, todo enfermo que pasa por esta unidad está grave: esa es la amarga realidad. Aunque la parte positiva es que, a veces, sus vidas pasan de pender de un hilo a ir venciendo poco a poco todos los obstáculos hasta que la enfermedad se convierte en un leve recuerdo, en ese momento, les suben a planta dónde acaban recuperándose hasta poder irse a casa.

Pero, momentos previos a que acabase mi turno, antes de irme de vacaciones, sucedió lo que todos esperábamos, pero ninguno deseaba; tocaba tener la conversación más difícil, aquella en la que la voz dubitativa y entrecortada predomina de principio a fin para comunicarles, probablemente, la peor noticia de sus vidas. Es, en ese instante, en el que tienes que hacer de tripas corazón, sacar fuerzas de dónde no las tienes y continuar, respirar hondo y seguir hacia delante.

Poco tiempo después conocimos los resultados de dicho cultivo que, a pesar de todo, no pudieron evitar poner punto y final a la vida de aquel hombre bonachón, que luchaba y defendía día a día la España vaciada, con el fin de evitar el éxodo rural y, de este modo, la despoblación total.

Helados, atónitos, en fin, no hay palabras que puedan explicar cómo nos quedamos al conocer la verdadera razón que se escondía tras la muerte de aquel hombre.

Al parecer, todo lo mencionado anteriormente había sucedido por la ingestión, durante varios meses, de una minúscula dosis de ¿una sustancia mortal? ¿Sería ese el motivo que desencadenó dicho fallo multiórganico? Todo quedó en meras conjeturas, hipótesis, que, en definitiva, no le devolverán la mirada, la sonrisa, las ganas de vivir, es decir, todos esos “signos vitales” que se originan y expiran en cada amanecer.

Todo nuestro esfuerzo no será en vano y caerá en saco roto si nos sirve para, en un futuro, ayudar a otros pacientes que se encuentren en una situación similar.

No esperes a que sea tarde. No dejes pasar los minutos sin aprovechar lo verdaderamente importante. Nos han robado todo y mientras tanto aquí estamos, al pie del cañón, intentando sonreír a través de los ojos. Porque, al fin y al cabo, este año nos ha enseñado a todos a no planear tanto la vida.

Y ahora dime, ¿a qué esperas para hacerlo?

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